Cambio de camiseta
El fútbol era el detonante de la violencia juvenil entre las pandillas del distrito El Agustino, en Lima. La defensa histérica de una camiseta, fuese de Alianza Lima o de Universitario Deportes, era una excusa para enfrentamientos sangrientos entre barras bravas, delincuencia común y abuso de drogas.
Pero fue precisamente el fútbol el elemento en torno al cual se empezó a construir la paz entre los jóvenes del área hace 12 años. Todo comenzó con el acercamiento de uno de los líderes de las pandillas de Alianza Lima al Padre Chiqui, párroco de El Agustino y quien entonces era capellán del equipo, un elemento de confianza que sirvió para dar los primeros pasos.
Sully, líder de una de las pandillas más temidas, le pasó la bola al padre Chiqui al proponerle trabajar en una solución para su grupo y el de otros jóvenes. Como árbitro de este nuevo juego, el padre Chiqui empezó a articular el programa que hoy ofrece a esta comunidad de 180 mil habitantes atención integral en aspectos que van desde el acompañamiento sicológico, la educación, el trabajo y el deporte, hasta la asesoría jurídica gracias a un exitoso programa de justicia juvenil restaurativa.
En síntesis, el programa se convirtió en una alternativa a las pandillas. “Para muchos jóvenes la pandilla era el hogar porque cuando hay problemas de abandono y maltrato en las familias o cuando los niños son impulsados a trabajar desde pequeños, acaban en la calle, y en la calle, acaban en la pandilla”, explica el padre Chiqui.
Pero eso no es más así en El Agustino. En 1996 había 36 pandillas perpetradoras y receptoras de la violencia en ese distrito y hoy no queda ni una, de acuerdo con el sacerdote quien explica que en el último reporte sobre pandillas de la Policía de Lima, lanzado hace un mes, El Agustino ya no aparece.
Charla técnica
Una vez surgió la iniciativa de los jóvenes y fue acogida por el Padre Chiqui y otros miembros de la comunidad, se realizaron varias charlas para definir las prioridades de los jóvenes y la manera de responder a ellas. De allí surgió la idea de crear la Asociación de Grupos Juveniles de El Agustino Martin Luther King, MLK, tomando como inspiración la lucha pacífica del Premio Nóbel de la Paz.
Así surgieron las cuatro estrategias para dar solución a la violencia en la zona: educación y formación; deporte; empleo y trabajo y obras de reparación a la comunidad.
“Las escuelas no están preparadas para atender a estos muchachos; el colegio quiere imponer una disciplina que finalmente, conduce a la expulsión de los chicos. Entonces, en la calle, acaban consumiendo drogas y para cubrir estos espacios desde la niñez, necesitábamos ofrecer alternativas: espacios donde se pudiera hacer música, jugar, estudiar, apoyarlos en tareas escolares, participar de talleres, jugar fútbol”, explica Chiqui.
En cuanto a la educación, MLK ofrece –no sólo a los jóvenes sino a toda la comunidad- la opción de continuar con sus estudios en primaria o secundaria. Lo que comenzó con menos de una decena de alumnos y dos profesores, ya tiene 12 docentes y 169 alumnos, entre los que se encuentran antiguos pandilleros, adolescentes remitidos del programa de justicia juvenil restaurativa y señoras de movimientos cristianos.
Algunos miembros de la asociación están estudiando en institutos superiores con becas que les ha proporcionado la institución española Pacha Mama.
Otro de los grandes ejes de este renacer ha sido el deporte. En el seno de esta iniciativa surgió el Club Deportivo MLK, que ya está en la Segunda División y cuenta con 300 jugadores de fútbol. La actividad que una vez los enfrentó es hoy motivo de unión y una excusa para aprender a convivir.
¿Pero qué hacer con los jóvenes que ya están en edad de trabajar y no tienen oportunidades? El trabajo se convirtió también en una prioridad del proyecto y parte de las oportunidades en este aspecto se abren en el trabajo municipal, ya sea como jardineros o mantenimiento de parques y jardines de la ciudad aunque conseguir un empleo formal sigue siendo un gran desafío.
“Justicia más justa”
Una de las aristas más productivas de todo el trabajo realizado por los jóvenes en El Agustino es el programa de Justicia Juvenil Restaurativa, que pretende, por un lado, dar una verdadera oportunidad al joven infractor para elegir otra forma de vida y, por otro, resarcir el daño causado por el menor a la comunidad en lugar de simplemente, castigarlo.
Patricia Magallanes Herrera, coordinadora Local del proyecto de Justicia Juvenil Restaurativa, explica que esta iniciativa avanza en la búsqueda de un sistema de justicia más justo, con una oportunidad para la restauración, lejos del enfoque proteccionista y meramente punitivo.
“Tenemos que recordar que en Perú, estos adolescentes tienen sus derechos vulnerados mucho antes de llegar a una comisaría: no han accedido a estudio, salud o trabajo; han sido expulsados y rechazados y es así como terminan en la calle”, explica.
Según Magallanes, este cambio de enfoque ha dado excelentes frutos en El Agustino, gracias al trabajo coordinado con las autoridades civiles y policiales. “Cuando el joven es retenido en la comisaría, independientemente de lo que haya hecho, la comisaría comunica al fiscal y el fiscal nos llama a nosotros, que enviamos un abogado y un asistente sicosocial para fortalecer el sistema de defensa inmediata”. El joven queda detenido en un espacio especialmente destinado para menores en la Comisaría, en lugar de ser enviado a un centro masivo de reclusión de la ciudad, como ocurría antes.
Además de ofrecer la primera asesoría legal, se tiene una charla con el adolescente para que se calme, se analiza la situación y luego se encamina el caso al equipo de acompañamiento educativo, que identifica las potencialidades de cada adolescente, para ver en qué tipo de actividad puede él retribuir en algo el perjuicio causado con su acción. “Vemos si trabaja o no, si estudia, si podría desempeñarse como jardinero, o qué actividades culturales o educativas son afines a él y también, integramos a la familia del menor, con la que tenemos una charla, Así vemos qué esta pasando ahí y cómo pueden apoyarlo”, agrega Patricia.
En la última fase del proceso, el menor y la víctima de la agresión pueden llegar a un encuentro amigable en el que el agresor pide perdón. “Para eso contamos con un mediador, alguien neutro, que trabaja con mucha prudencia hasta poder sentar en un mismo espacio a las dos partes para que el infractor pida disculpas, le cuente cómo estaba en el momento de la infracción y hemos visto con agrado que en la mayoría de los casos las víctimas dispuestas a perdonar. Casi nadie pide reparación económica pues reconocen la situación de desventaja del adolescente”.
El programa acompaña al menor en todo el proceso y cada 45 días, el equipo se reúne con los fiscales para hacer seguimiento de cada caso. Adicionalmente, se reúnen con las familias para apoyar ese acompañamiento y cuando se trata de menores que consumen droga, se presta especial atención a un proceso de rehabilitación a través de consejerías semanales y cuando el caso de adicción es muy severo, a través de una institución privada llamada Cedro, que ofrece programas de rehabilitación.
“Tenemos muchos frentes de trabajo con ellos, por ejemplo, nos da mucho resultado hacer cosas como llevarlos al cine. Siempre están emocionados al ver que hay otros espacios que también les pertenecen en la ciudad pues muchos jamás han salido de El Agustino. Vamos al centro de Lima, que queda a dos minutos, y encuentran un mundo diferente. Todo esto va desarrollando su autoestima y habilidades sociales importantes”.
De acuerdo con el padre Chiqui, a través de este programa la comunidad de El Agustino está demostrando la efectividad de la justicia restaurativa, no sólo por los menores índices de reincidencia sino porque resulta más económico atender a jóvenes infractores en medio abierto que encerrados. “Cuando los chicos van a Malanga –el centro de reclusión masivo- el índice de reincidencia es muy alto. En cambio, en la comisaría hay un ambiente especial solo para menores, con policía que se ocupa sólo de ellos”, agrega Chiqui.
Patricia explica que se está abriendo el interés en Perú para este tipo de iniciativas, lo que hace probable que en el futuro haya otros programas de Justicia Restaurativa como éste en distritos similares. “Estamos trabajando a nivel de las políticas públicas; es importante que se dé la orden desde arriba para que se amplíen este tipo de proyectos, pero ya tenemos logros. El poder judicial y el Ministerio Público vienen pidiéndonos asesorías técnicas para revisar medidas socioeducativas en medio abierto. Esperamos poder replicarlo en todo el Perú. Por ahora, ya hay otro proyecto andando en Chiclayo”, puntualiza.

Lecciones aprendidas
En la publicación ‘Asociación Martin Luther King, una experiencia con las pandillas de El Agustino’, promovida por Ciudad Viva, el padre Chiqui hace un recuento de toda la experiencia y evalúa las lecciones aprendidas. “Un aspecto que se debe tener en cuenta es que, al acercarse a las pandillas, no se deben vender espejismos ni crear falsas expectativas que luego no podrán ser cumplidas. Tampoco es conveniente crear estructuras ajenas a la realidad de las pandillas. Hay que aprovechar, pro ejemplo, la estructura organizativa de la pandilla, contar con sus líderes, recoger las necesidades más sentidas de sus miembros y atender sus frustraciones. ¡No se puede encañar!”, alerta.
Además, enfatiza en que es necesario trabajar con proyectos a largo plazo pues muchas experiencias han fracasado porque las instituciones públicas o privadas se acercan a los jóvenes involucrados en pandillas en un momento determinado y luego los abandonan. “Esto crea una frustración tremenda y luego es muy difícil recuperar la confianza”.








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