Fútbol popular, sociedad anónima

Brasil y Argentina. Si usted pensó en fútbol está en el camino correcto. Pero si pensó en Maradona, Pelé y la eterna rivalidad entre los vecinos, tomó el desvío equivocado. Una ves al mes, en la ciudad de Buenos Aires, la Liga de Fútbol Popular reúne cerca de 20 equipos de siete localidades, divididas en cinco categorías –la primera compuesta por niños entre seis y ocho años- para jugar fútbol argentino con un condimento brasileño.

“Lo que estamos haciendo aquí es entender la metodología de Paulo Freire y aplicarla”, afirma uno de los voluntarios y militante en la localidad de Zavaleta que trabaja con los niños. Al igual que quienes financian el proyecto, los voluntarios son anónimos y nadie habla de Fútbol Popular a nombre propio. De hecho, sólo se hacen fotos de los equipos con autorización de los niños y adolescentes que los integran y con la condición de que no aparezca ningún adulto ni nada que aluda a cualquier tipo de publicidad.

“Si dejamos que una marca, partido o gobierno hable a nombre de Fútbol Popular estaríamos entregando el trabajo de los militantes y de los chicos de los barrios”, apunta el entrevistado. “Creemos que el Estado tiene que participar de manera anónima, que la sociedad tiene que participar de forma anónima y que las empresas que quieran participar, también pueden hacerlo anónimamente”.

El voluntario, además de llevar equipos de Zavaleta a la Liga, lo hace también de las localidades de Retiro, San Blas, Once, San Miguel, Boedo y Tigre. Todos son equipos de barrio, formados en asociaciones locales de diferentes orientaciones –eclesiásticas, de base, guevaristas y de barrio- que, disidentes de una liga de Fútbol de la Calle, comenzaron en 2007  a hacer fútbol y educación popular.

Los chicos ponen las reglas

Para jugar, debate: antes, durante y después. Los fanáticos del fútbol no necesitan torcer la nariz. Las bienvenidas, dadas en una ronda donde todos pueden hablar, pero donde todos también quieren jugar, duran el tiempo necesario para que se establezca el diálogo. A partir de ahí, en un campo irresistible del barrio Ezeiza, se arman los equipos y se definen las reglas. Son cerca de 20 equipos de niños y adolescentes que juegan sin árbitro y con reglas definidas un minuto antes del saque inicial.

“La única manera de respetar una regla es entenderla como solución para un problema propio. Y la idea es que puedan identificar eso entre ellos y respetar eso en el compañero”, explica el entrevistado. “Además, la idea no es generar un castigo para un conflicto, lo que los chicos y chicas hacen con la ausencia del juez es resolver sus conflictos de manera pacífica”.

Para acompañar a los equipos, que son mixtos “para que haya conciencia de la igualdad de género”, hay un mediador, este sí adulto, que ayuda en el proceso de consenso antes del juego y en la reflexión sobe la partida después que acaba. Todo con el tiempo que los niños y niñas aguantan con una pelota en la mano sin jugar.

Y funciona. Durante la jornada, que comienza a las diez de la mañana y termina a las cinco de la tarde puntualmente, además de jugar los partidos de la ronda, todos pasan por talleres de ciudadanía, radio, danza, pintura, capoeira (cantada en portuñol) y algunas horas de tiempo libre, en que los chicos hacen lo que quieren en los campos de grama y arena, ubicados al costado de la autopista que lleva al Aeropuerto Internacional de Ezeiza.

Es diversión, ciertamente, pero también es deporte. Hay una tabla de posiciones, los puntos son contados por partidos ganados, perdidos y empatadas y por goles a favor y en contra, como en cualquier campeonato de fútbol. La diferencia es que ahí también suma puntos participar en los talleres “extra-futbolísticos”. “No queremos desestimular la competición, pero queremos que no sea el único fin, mucho menos que se sobreponga al sentimiento de cooperación”, destaca el militante, que no cesa de aclarar que aquí no juegan unos contra otros sino unos con otros. 

Charla a los pies

A estas alturas, el lector puede preguntarse cuántos y quienes están por detrás de este campeonato que llega al final de su segunda edición con jóvenes que ya comienzan a entrenar en las primeras categorías de sus barrios. La respuesta es tan simple como obvia para nuestro entrevistado: los militantes y los jóvenes. “Si ellos no se organizaran y entrenaran todas las semanas, esto no existiría”, afirma.

El voluntario insiste en el carácter anónimo de los adultos que están detrás del proyecto. La idea es justamente, negar la lógica sistémica que, de acuerdo con él, genera situaciones en que los niños y jóvenes ven vulnerados sus derechos. “Trabajamos con niños y jóvenes expuestos a situaciones de riesgo y vulnerabilidad social generada justamente por ese sistema de exclusión social del cual hacen parte todos esos actores, que son los mismos que después dicen que esos niños y jóvenes son peligrosos. No podemos hacer publicidad para quienes fortalecen ese sistema, que es lo que queremos combatir”.

Muy por el contrario, además de diversión y deporte, la Liga también es fortalecimiento de las redes sociales, estímulo al protagonismo y a la reflexión. “A partir del fútbol, ellos pueden resolver sus conflictos, hablar de violencia y vulnerabilidad y de su situación social”. Y también, claro,  jugar bonito.

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