Una masculinidad libre de violencia

Este texto fue producido a partir del taller de buenas prácticas en Prevención y Reducción de la Violencia Armada, realizado en Río de Janeiro con la participación de representantes de organizaciones de América Latina y el Caribe.

Nicaragua_TOPO_0.jpg“Estábamos dispuestos a morir o a que nos mataran y así pasaron muchos años. Yo tenía problemas para dormir, una vez llegue a soñar con una culebra que me decía que me fuera de cabeza en un gran hoyo y yo le obedecía. Todos los días tenía pesadillas parecidas”. La perturbadora remembranza es de un expandillero nicaragüense de 23 años que ‘salió del hoyo’ y comparte su experiencia con otros jóvenes que hoy ven en la violencia de las pandillas una forma de vida aunque los lleve a la muerte.

Desde afuera, desde los barrios de clase media y alta, desde los centros comerciales, los hoteles y las salas de redacción de los periódicos, la actitud agresiva de las pandillas suele considerarse ‘simplemente’ violencia que debe ser reprimida con violencia.

Vista desde dentro, como lo hace en su trabajo diario la psicóloga Iveth Espino Altamirano -del Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev- la violencia de las pandillas es un fenómeno mucho más complejo y para empezar a desmontarlo, hay que cambiar primero hay que establecer una cercanía con los jóvenes basada en la confianza y el respeto mutuo.

La premisa que guía el trabajo del Ceprev es que es necesario cambiar la mentalidad de una masculinidad que se sustenta por la violencia.

Con este enfoque de trabajo, ya son cerca de 8.000 los jóvenes nicaragüenses que se han beneficiado de los programas del Ceprev, que ofrece capacitaciones en cultura de paz a los grupos juveniles constituidos en pandillas, pero también a los habitantes de comunidades vulnerables a la violencia en Nicaragua. 

Como consecuencia de esta labor, al menos el 80% de pandillas juveniles en las comunidades atendidas se han desarticulado.

“Nuestra misión principal es trabajar con estos jóvenes para ayudarles a retirarse de comportamientos autodestructivos y violentos por medio de la construcción de una cultura de paz”, explica Iveth, quien reconoce que este tipo de transformación toma tiempo pero ofrece resultados duraderos.

El contenido central, tanto de los talleres en grupo como de las charlas personales del Ceprev, es el modelo de masculinidad que se reafirma en comportamientos constructivos y pacíficos, en contraste con los modelos de violencia ofrecidos por las pandillas.

El Ceprev es un organismo no gubernamental fundado en 1997 por un grupo de profesionales del área psicosocial, con el fin de contribuir a la prevención de la violencia en Nicaragua, fomentando relaciones no autoritarias en la familia, la escuela y la comunidad. Este modelo ha sido reconocido por instituciones como Unesco, BID, Unicef, Banco Mundial y Flacso.

Este proyecto se desarrolla en 34 de las comunidades más vulnerables a la violencia en Managua, caracterizadas por la pobreza, la exclusión social, la estigmatización, el desempleo, la falta de oportunidades y un creciente aumento de tráfico de armas y de drogas. 

Nicaragua_horizontal2.jpgPero el trabajo no se limita a los jóvenes. El proyecto también capacita en el modelo de prevención de violencia a educadores, periodistas, funcionarios de entidades del gobierno y organizaciones no gubernamentales que trabajan en el área social.

Este tipo de trabajo se hace hoy más necesario que nunca, debido al aumento del crimen organizado en Centroamérica y su tendencia voraz a incorporar a los jóvenes de las pandillas en su aparato delictivo.

“Desde hace 8 años, he realizado trabajo directo visitando las comunidades más violenta de la capital. En este tiempo he observado como los jóvenes integrados a pandillas, que antes utilizaban armas como cuchillos y machetes, ahora usan armas de fuego como revólveres, Aka, y pistolas. Esta situación ha generado más violencia y esta haciendo que el trafico de armas y de drogas se apodere de sus problemas y se vinculen más a estos”, alerta Iveth.

Para Iveth, los efectos del trabajo trascienden los límites de la comunidad. “La reducción de la violencia y la promoción de una cultura de paz, contribuyen a crear las condiciones adecuadas para el desarrollo de otras actividades relacionadas con el crecimiento personal, económico y social de los grupos juveniles, de sus familias y de la comunidad”.

La psicóloga considera que esto es posible gracias al trabajo personal que cada uno de los jóvenes hace en el proyecto: “los individuos tienen una mejor consideración de sí mismos, a través del trabajo del equipo de sicólogas, mejoran su autoestima y así es más fácil rechazar actos  violentos como uso de armas, las adicciones y los actos delictivos derivados”, explica.

Esto tiene un efecto multiplicador en la sociedad. “El individuo capacitado busca en la inserción laboral y en la formación académica, una forma de auto superación y la búsqueda de mejores oportunidades para ellos mismos y sus familias. La ausencia de violencia permite un mayor conocimiento del otro y la búsqueda de fórmulas cooperativas que redunden en una mejora de las condiciones del entorno a través del trabajo comunitario y la solidaridad”, puntualiza.

La policía también es invitada a participar en este proceso. Se hacen talleres con los policías para ofrecerles una perspectiva más compleja de la realidad y se intenta cambiar la dinámica acción-represión, por la de la prevención. “Así, disminuyen los conflictos y las posibles represalias que una acción represora pudiera conllevar. Esto dota de una mayor legitimidad a las acciones de los cuerpos de seguridad del Estado, que dejarán de ser vistos como un aparato de represión del Estado y serán considerados como un servicio público que trabaja para la ciudadanía”, agrega Iveth.

Además de los talleres con los jóvenes, la capacitación se implementó a través de conferencias a 1,753 funcionarios/as de 24 organismos de gobierno, 154  ONG’s,  28 medios de comunicación y 53 Iglesias Evangélicas, así como charlas comunitarias a 903 personas (jóvenes estudiantes, adultos en general y maestros/as) en los barrios de los distritos IV, V, VI y el municipio de Tipitapa sumando un total de 5,062 personas.

Una lucha interior

A través de la psicóloga Iveth Espino, Comunidad Segura accedió a este testimonio de un beneficiario cuyo nombre no es divulgado públicamente. El joven narra su historia completa y da cuenta de una lucha interior que debe ganar cada día contra las drogas, la violencia y la exclusión:

“Gracias a Dios soy una persona recuperada, pues ya no vivo en el pasado. Yo seguí el camino de la perdición porque el único mundo que conocí en mi infancia fue el de la calle, donde comencé a drogarme a los once años. En esa época quería cambiar mi vida y le pedía a Dios que me ayudara, pero no podía.

Mi padre se fue cuando yo tenía nueve años, se perdió y me crié con mi madre que se quedó sola y luego con un padrastro. Aunque mis hermanos mayores querían que siguiera estudiando, no les hacia caso. Yo creía que andar con los majes en la calle, vagando, era  tuani. Antes estudiaba en un colegio privado, pero me cruzaba con unos amigos a fumar marihuana y piedra, y cuando cumplí los trece ya andaba perdido en la droga.

Nicaragua_horizontal1.jpgRecuerdo la primera vez que fumé, me fui a sentar y luego no me podía levantar, caí dormido y no me levanté hasta las seis de la tarde. Yo sabía que era grave consumir droga, pero cuando comencé a recapacitar estaba totalmente metido. En menos de un año me hice completamente adicto, me mantenía en una esquina pidiéndole dinero a la gente que pasaba y consumiendo hasta dos mil córdobas al día en piedra y coca.

También empecé a robarle las carteras a la gente, compraba más droga y luego iba a cometer otro asalto y así vivía, estafando, vendiendo vendía prendas de oro falsas, empeñando celulares y robando de muchas formas. Mientras más dinero tenia más drogas consumía, el vicio me tiraba y me arrastraba, y probaba de todo menos heroína.

Toda mi familia y la población de mi barrio sufrían porque al que pasaba yo le robaba. Por eso me retiré del colegio, y después conocí a mi verdadero padre. Él intentó ayudarme a cambiar pero no lo logró. Yo salía a pasear con él, me iba a su finca y me quedaba cuatro días, pero eso no bastaba. Yo creía que era un asunto pasajero y no fue así.

Cuando fui creciendo me metí a las pandillas, pero a veces miraba a mi hermano matándose y no me metía en los pleitos, porque mi fuerte eran las drogas. Prefería arriesgarme por el dinero, me juntaba con chavalos que no usaran chapas ni tatuajes para que la gente no se corriera, y me iba a robar con ellos.

La droga me alteraba tanto que una vez apuñalé a mi hermano porque me regañaba y también a otro maje del otro barrio. En esos tiempos casi mato también a mi primo, le pegué un batazo en el cuerpo y lo hacía muerto pues estiró las patitas. El quería intimidar a todo el mundo, era el master del barrio y yo pensé que me iba a matar y por eso le di con el bate. La droga no me dejaba contener los impulsos porque no dejaba de consumir ni un solo día.

También tomaba alcohol y bien bolo me metía a los buses y cuando no querían abrirme la puerta, les quebraba los vidrios. Me gustaba buscar pleitos con quien fuera. A mi mamá le robé trece anillos de oro y dos cadenas de oro a mi hermana. Me sentía sin sueños, sin sentimientos y muy mal moralmente.

Me gustaba asaltar, hacía operativos en la noche. Una vez iban a agarrar a uno de mis amigos que se fue a asaltar a gente de dinero. Llegó un policía antimotín y nos agarramos con él. Después me llamaron a los juzgados pero como yo era menor de edad no me presenté. El policía antimotín se fue para España y el problema no siguió.

Mi madre sufría al verme. En mi barrio no había pandilla que entrara, porque aunque éramos pocos deteníamos a grupos mucho más grandes. Estábamos dispuestos a morir o que nos mataran y así pasaron muchos años. En esos tiempos me dolía ver llorar a mí mama cuando la gente le decía: “Allá está su hijo en la esquina”. Yo tenía problemas para dormir, una vez llegue a soñar con una culebra que me decía que me fuera de cabeza en un gran hoyo y yo le obedecía, y todos los días tenía pesadillas parecidas.

Una noche miré a mi mamá hincada, orando por mí como a las dos de la mañana y me puse a llorar y pensé “Dios mío cómo sufre mi mama”, pero nunca cambié hasta que conocí a los alcohólicos anónimos y a dos jóvenes con problemas de droga y alcohol que habían cambiado.

Mi madre hasta había dejado su casa y se había ido a la finca conmigo. Habían pasado dos años y comencé a ser un poco más responsable. Una señora me ayudó, me daba mercadería para vender y yo no le robaba y yo sentía que alguien me tenía confianza por primera vez. Pero yo no dejaba la droga, seguía consumiendo en forma más moderada y cuando me daban mi pago, le daba a mi mamá, le compraba comida, y el resto me lo fumaba en drogas, por eso me enfermé, me llevaron al hospital y de ahí ya no regresé a la finca.
Como no me hallaron nada en el hospital seguí drogándome y me volvieron los dolores, tenía la lengua reseca, vasca, tos y no podía caminar ni una cuadra. Ya no aguantaba, me sentaba en el piso y me parecía que una culebra me iba a picar y veía sombras. Era algo horrible y no podía dormir, me daba miedo dormirme y me sentía mal, me quedaba medio como si se me estuviera derramando la vida.

A los dos meses de estar en alcohólicos anónimos no aguantaba los dolores, yo sabía que si fumaba se me iban a quitar pero no consumí y llevo ocho meses en alcohólicos anónimos. A los días de estar con ellos fui a la primera convención nacional en Jocotal y fue algo maravilloso. Allí me encontré a un amigo que me dijo vamos a consumir y yo le contesté que tenia siete días de estar en alcohólicos anónimos y él me respondió que siete días no eran nada.

Ahora me siento una persona liberada, me siento capacitado y  seguro de mi mismo. Los doce pasos de los alcohólicos anónimos son muy importantes, el primero te habla de una misión, el segundo de un poder superior, de la voluntad de Dios. En el octavo paso hicimos una lista de todas aquellas personas que hemos ofendido y a quienes debíamos pedirles perdón, yo pensé en mi mamá y en una hermana a la que había hecho daño.

Ahora vivo con mi mamá,  trato de ser responsable con ella porque en realidad a nuestros seres queridos los dejamos súper destrozados, mucho más que nosotros y ellos también necesitan ayuda psicológica. En el programa de alcohólicos anónimos  tenemos psicoterapias grupales donde nos ayudamos unos a otros y es bonito estar con nuestros seres queridos.

Apenas tengo 23 años, pero me miro mayor por la  vida que tuve. Hasta estoy gordo, pero me voy a poder a dieta por mi salud, Hay gente que me dice, busca consumir la piedra y vas a ver que vas a adelgazar, pero yo  prefiero morir así que con las drogas.

Yo conocí al CEPREV cuando ya estaba en proceso de sobriedad. Las psicólogas llegaban al barrio, pero yo no les hacia caso, porque pensaba que querían engañar para echarme preso. Finalmente me decidí a venir a los talleres y hoy en día yo miro que el CEPREV es algo bello que sí puede ayudar a la sociedad porque tratan de ayudar a la población, a los jóvenes que andan en la calle, Tienen muchas actividades y es algo que me gusta. Pienso que si les hubiera hecho caso antes estuviera mucho mejor, pero para todo está el día adecuado.

Ahora trabajo en los mercados vendiendo, porque no tolero que me anden mandando. Me gusta que me den consejos fuertes o suaves, pero no que me manden, ni que me impongan las cosas. Por eso trabajo por mi propia cuenta y quiero ganarme una beca pare estudiar. Quiero terminar mi bachillerato y llegar a tener una profesión en que desempeñarme.

Me tienen un hijo allá en Río Blanco y estoy comenzando a ser más responsable porque viajo a visitarlo, trato de comprarle lo que necesita y espero que nunca tome mi camino.

Si Dios quiere, tal vez me lo traigo a la capital para que termine sus estudios porque fui irresponsable con él cuando estaba pequeño y también con su madre, que ahora vive en Managua con otro hombre. Mi hijo vive con su abuela y cuando voy trato de charlar y dormir con él y al día siguiente me vengo a trabajar para ganar dinero para mí y para él.

Mucha gente piensa todavía que soy un estafador porque compro los productos baratos y los vendo caros, pero así es el comercio, yo me puedo ganar 30 o 20 córdobas por cada producto, porque le compro a  mayoristas y para mí no es robo porque son buenos productos y los vendo con mi labia. Eso sí, tengo que seguir estudiando y aprovechar el tiempo ahora que soy un poco más tolerante cada día y voy consiguiendo cambiar”. 

Fotos: Cortesía CEPREV

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