Un proceso en evolución
OPINIÓN / Christiane Sampaio*
Las estrategias de reducción de daños, según el Manual de Reducción de Daños (2001), del Ministerio de la Salud de Brasil, constituyen un conjunto de medidas en el campo de la salud pública dedicadas a minimizar las consecuencias adversas del uso de drogas. El principio fundamental que las orienta es el respeto a la libertad de elección, en la medida en que la investigación científica más reciente apunta a que algunos usuarios no pueden o no quieren dejar de usar drogas, pero que aún así, los riesgos de infección por VIH y Hepatitis deben ser minimizados.
La Reducción de Daños en Brasil surge a mediados de la década de los 90, como estrategia de combate a la epidemia del Sida, que entonces se extendía en Brasil. Para combatir la rápida propagación de ese mal, el Ministerio de la Salud en alianza con organizaciones no gubernamentales y las universidades implementaron los Programas de Reducción de Daños (PRD), a partir de 1995, luego de una tentativa pionera, aunque frustrada, emprendida en 1989 en la ciudad de Santos, estado de Sao Paulo.
En el proceso de implantación de las acciones de reducción de daños, cupo principalmente a las universidades y a las secretarias municipales y estaduales el papel de iniciar los primeros Programas de Reducción de Daños financiados por el Ministerio de la Salud, ya que no existían grupos organizados de usuarios de drogas.
El papel del profesional de la salud en ese momento fue esencial pues a él fue remitido el oficio de contactar los usuarios de drogas y hacer prevención de Sida con ellos, afuera del servicio de salud, o sea, en la comunidad. Esto fue importante porque estas personas no frecuentaban los servicios salvo para tratamiento por uso de drogas. Para ello, los profesionales de la salud debieron ir a las comunidades y a los espacios en los que circulaban los usuarios, ya que buena parte no quería o no podía recibir tratamiento para su dependencia de las drogas.
Todo era demasiado nuevo para estos profesionales, pues normalmente, la experiencia se daba en el campo del tratamiento para uso de drogas y existían muchas fantasías tejidas en torno a los usuarios de drogas. Los profesionales de la salud muchas veces percibían al usuario de drogas de forma amenazadora y se sentían desprovistos de medios para adherir al tratamiento de Sida y para prevenir la expansión del VIH.
En ese sentido se fundamentó un gran desafío: hacer prevención de VIH en un campo minado por prejuicios y estereotipos que comienza en la sociedad e influencia la concepción de los profesionales de la salud.
Frente a este escenario social instalado surge una pregunta: ¿cómo crear vínculos para trabajar este sujeto? La primera gran lección fue que necesitábamos oír a los usuarios acerca de sus conflictos y dificultades; la segunda gran lección fue creer que ellos podían repensarse y consecuentemente, volverse capaces de organizarse. La tercera lección fue re-significar nuestro papel de facilitadotes de ese proceso, ofreciendo lo que teníamos en aquel momento: jeringas nuevas y la capacidad de remitirlos para que recibieran atención de salud en las frentes más diversas de acción de acuerdo con la necesidad y deseo. Sobre todo, podíamos ofrecer nuestro acogimiento, nuestra escucha y nuestra comprensión a esos usuarios.
Proceso de cambio: desafíos para el futuro
El modelo de atención a la salud, constituido por las estrategias de Reducción de Daños, se parece mucho al modelo de atención en alud, ‘en defensa de la vida’, pensado para poner el Sistema Único de Salud, SUS, en movimiento, garantizar la gestión democrática, y establecer un acogimiento humanizado, entre otros aspectos.
Dado que las concepciones de Reducción de Daños aquí presentadas vienen siendo aplicadas en la lógica de campo, o sea, en las acciones efectivas realizadas en la comunidad, percibimos que todavía se impone un gran desafío: incluir las acciones de reducción de daños en los servicios de salud, más exactamente en el SUS, pudiendo garantizar acceso y atención de estos usuarios en la red de atención a la salud.
El primer gran desafío en este frente de acción es la falta de preparación de los profesionales de salud que imprimen manejos prohibicionistas y ligan su acción a la abstinencia, como única forma posible de interactuar en la clínica con estos usuarios. Frente a estos aspectos, en los últimos cinco años estamos realizando esfuerzos especiales en la formación de los profesionales insertados en el servicio de salud, entre ellos los equipos del Programa Salud de la Familia, los Centros de Atención Psicosocial, CAPS, los Centros de Atención Psicosocial a Usuarios de Alcohol y otras Drogas, CAPSad y la red básica en menor proporción, en la tentativa de trabajar inclusive con los profesionales de los hospitales generales.
Para encarar de forma más estructurada este problema, estamos actualmente implantando por intermedio del Ministerio de la Salud en alianza con estados, municipios y sociedad civil, acciones de Reducción de Daños en el Servicio Especializado en VIH/Sida. También está siendo implementado un proyecto piloto que busca validar estrategias de mejoría de la calidad de atención a usuarios de drogas infectados con VIH, con el objetivo de consolidar la directriz política y técnica para orientar la formulación y ejecución de las actividades de Reducción de Daños en el Servicio de Atención Especializada.
El otro espacio de inclusión de las acciones de Reducción de Daños en el SUS se refiere a las cuestiones de salud mental. Para esto a través de la Asesoría de Salud Mental del Ministerio de la
Salud fue constituido el decreto ministerial (n° 126 de 04/07/2005 según lo publicado en el diario oficial) producido por un grupo de trabajo interministerial y construido en la interfase con la sociedad civil y demás actores que trabajan y militan en el campo de la Reducción de Daños, que determina la inclusión de las acciones de Reducción de Daños en las directrices de los CAPS de alcohol y drogas, inclusive con incentivos propios para la implantación de las estrategias de reducción de daños. El decreto busca mejorar la calidad de vida de los usuarios y dependientes de alcohol y otras drogas, disminuir los índices de infección por VIH y Hepatitis By C, disminuir los índices de accidentes de tránsito derivados del consumo de alcohol, a través de educación, información y acompañamiento, incluyendo a las personas sometidas a la privación y restricción de la libertad.
En esta interfase, una de las principales tareas del movimiento social de reducción de daños es garantizar las alianzas entre estas instituciones de los Estados y Municipios y los Programas de Reducción de Daños y fomentar la ideología constituida en la lógica de campo que liga la reducción de daños a concepciones amplias que discuten prejuicio, ciudadanía, incentiva y autonomía, auto organización, derecho, deberes y progatonismo de las personas que hacen uso de drogas, pudiendo auxiliar en la construcción de nuevas tecnologías dentro de esos nuevos espacios de inclusión y extensión de la reducción de daños.
Ese cambio sólo fue y está siendo posible cuando pensamos a quién se destinan estos programas. Para pensar en eso, precisamos preguntarnos: ¿dónde están los protagonistas de esta historia? Encarar todo esto sin ellos es imposible.
Christiane Sampaio es es sicóloga, especialista en Clínica de las Toxicomanias de la Universidad Estadual de Río de Janiero. Trabaja como coordinadora de la Clínica Social de la organización Psicotropicus y del proyecto de Acciones Móviles en Salud entre usuarios de Droga y como consultora del estado de Río Grande do Sul para la implantación de las acciones de Reducción de Daños en el Servicio Especializado en VIH/Sida. Es también posgraduanda en Salud Colectiva y Maestranda en Educación.








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