Las maras vistas de cerca
ENTREVISTA / José Junior
Una de las Organizaciones no gubernamentales con más trayectoria e influencia en el escenario sociocultural de las favelas de Río de Janeiro es el Grupo Cultural Afroreggae.
José Junior, cofundador y coordinador ejecutivo de Afroreggae ha participado activamente en la evolución de esa colectividad desde su creación en 1993 y gracias a ello tiene tránsito prácticamente libre entre diversos grupos rivales de la ciudad.
En varias ocasiones ha articulado reuniones que para otros serían impensables, como por ejemplo una charla de un extraficante para policías en un curso de posgrado de seguridad pública.
Afroreggae, que siempre invirtió en el potencial de los jóvenes de las favelas cariocas -territorios marcados por la violencia policial y criminal- quiere ir más allá y sensibilizar a toda la sociedad. Para ello, promovió la creación de Conexiones Urbanas, una serie de iniciativas en el campo de la comunicación para incentivar la conexión entre la favela y “el asfalto” –es decir, la ciudad formalmente constituida- e intentar disminuir el prejuicio social hacia estos territorios urbanos. Producciones artísticas, una revista y un programa da radio y de televisión hacen parte de Conexiones Urbanas.
El programa de televisión es presentado por José Junio y ya está iniciando su tercera temporada en Brasil. Pero no se trata sólo de conectar a los jóvenes de Río, sino a los de Latinoamérica, al fin y al cabo, muchas ciudades de la región comparten desafíos, problemáticas y potencialidades.
Uno de los temas más relevantes, recientemente abordados por el programa es el de las maras y pandillas de Centroamérica. Junior viajó a El Salvador en julio y se sumergió en el cotidiano de estos grupos. Conversó con mareros y exmareros, policías y activistas sociales. Ya familiarizado con la realidad de los jóvenes de Río de Janeiro, que ingresan en organizaciones de tráfico de drogas, Junior contó a Comunidad Segura algunas de sus impresiones de esta experiencia y los puntos de encuentro de esa realidad con la de jóvenes traficantes que habitan en zonas vulnerables de Río.
¿Cómo se logró este trabajo sobre las maras de El Salvador?
Nuestro viaje y las entrevistas fueron articuladas por dos personas: un inspector de policía que nos aproximó a las fuerzas policiales y un expandillero, hoy activista de una ONG, que nos acercó a los mareros y facilitó la grabación de los testimonios de los jóvenes, principalmente en presidios.

Usted tiene contacto frecuente con jóvenes en situación de riesgo en Río de Janeiro, debido tanto a la actuación de Afroreggae como a su propia historia de vida. ¿Cómo podría comparar la realidad de las favelas cariocas con las de las pandillas de El Salvador?
Allá la situación es mucho más complicada que aquí. Una vez que entran en las armas y pandillas, los jóvenes prácticamente no pueden salir de ellas. Tampoco pueden remover los tatuajes fácilmente; ellos se identifican con el tatuaje que es como su carta de presentación. Puede que incluso se distancien un tiempo pero el lema es “una vez pandilleros, siempre pandilleros”.
¿Con relación a la violencia?
En El Salvador vi grupos muy violentos. Los principales todavía son Mara 18 y Mara Salvatrucha así que en principio se parecen a las facciones criminales de Río pero las cosas en realidad son diferentes. En Río el tipo de agresión física es mucho peor, incluso, el pandillero más truculento resulta más sensato. Las pandillas salvadoreñas no tienen la cantidad de armamento que tenemos aquí. Unos cuantos mareros llegan a tener un fusil, pero lo más común es que estén armados con un cuchillo o una pistola.
¿Cómo actúan esos grupos?
Algo que es relativamente común en Río, como que los bandidos incendien un bus, allá es encarado de otra forma. Llegué a San Salvador inmediatamente después de que algunos mareros habían incendiado un bus. El país entero estaba en shock con lo ocurrido y el presidente Mauricio Funes salió en la televisión en el horario de mayor audiencia calificando a los pandilleros de terroristas.
¿Cuál es el origen de esos grupos allá?
Gran parte de los pandilleros con los cuales conversé habían vivido antes en Estados Unidos y mantenía una relación distante con su país de origen en ese entonces. Muchos ni siquiera sabían hablar español. Por pertenecer a pandillas, principalmente de Los Ángeles, habían sido detenidos y deportados cuando tenían entre 20 y 30 años. Cuando retornan a su país en Centroamérica, al término de las guerras civiles, trajeron consigo una tecnología del crimen que antes no existía allí.
¿Los motivos que los llevaron a entrar en las pandillas son parecidos a los motivos que llevan a los niños y jóvenes de Río a entrar al narcotráfico?
El fenómeno de la participación de los jóvenes en las pandillas cuando es comparado a la entrada de los jóvenes brasileños en el tráfico, es muy parecido. Las maras y las facciones criminales son grupos estructurados: participar de ellos es sinónimo de adquirir estatus social. Estos jóvenes generalmente tienen un vacío en las relaciones familiares. Antiguamente se decía aquí en Río: el sueño de los niños de las favelas es ser jugador de fútbol o traficante. Allá no existe eso: el chico lo que quiere es ser pandillero.
¿Son comparables las ganancias de los miembros de pandillas con las de integrantes del narcotráfico en Rio?
La mayoría de los pandilleros no sobrevive del tráfico sino del crimen; gran parte del dinero lo consiguen extorsionando comerciantes y personas en las calles. Un bandido bien remunerado en El Salvador, por ejemplo, gana US$200 por semana. Vende droga. No es el dueño de la ‘olla’ pero sobrevive bien. Sin embargo, eso es poco si se compara a lo que gana un traficante aquí.
En el narcotráfico en Río, el joven puede ganar una cantidad razonable de dinero y a veces, sólo ende la droga o desempeña otras funciones en la red del tráfico. Allá, por lo que pude observar, para participar de la pandilla ellos tienen que matar a alguien. Y la vida del pandillero no es tan rentable como la del vendedor de drogas en Brasil. El dinero que se gana da para vivir, pero no se compara con las ganancias del narcotráfico en Río. Ellos participan de eso más por una cuestión de estatus que de dinero.
¿Cómo es la actuación de la policía salvadoreña?
Hay algo que aproxima la realidad de las policías de Río y de El Salvador con lo cual tuve contacto. Allá conocí una policía pesada, fuertemente armada y policías muy bien preparados. Conversando con el jefe de policía, por ejemplo, me di cuenta de que existe un discurso optimista. Pero la idea generalizada es que sólo están poniendo pañitos de agua tibia al problema.
¿Existe alguna movilización del Estado en el sentido de proponer políticas públicas de inclusión de los jóvenes en situación de riesgo?
Por lo que vi, hay pocos programas sociales para revertir el cuadro. Vi un proyecto muy interesante en San Salvador, dedicado a la remoción de tatuajes relacionados con las pandillas, el programa Adiós Tatuajes, que es realizado también en Honduras y Guatemala. Puede parecer vanidad, pero para que un exintegrante de una mara o una pandilla ser considerado un ciudadano común y logre conseguir un empleo tiene que quitarse el tatuaje. Por más que no todos sean delincuentes, no hay otra opción, es así como los ve la sociedad.
¿Existen organizaciones de la sociedad civil que hacen este trabajo de inclusión?
Vi de cerca el trabajo de la ONG Homies Unidos, dirigida por Luis Ernesto Romero Gaviria, un salvadoreño expandillero. Lo conocí en 2008, durante un seminario que Afroreggae promovió en colaboración con Itaú Cultural. Gaviria participó en un debate sobre acciones culturales en zonas de conflicto. Fue su proyecto lo que posibilitó que transitásemos en medio de maras y pandillas sin problemas. Ellos hacen un trabajo de prevención de la violencia y de promoción de derechos humanos con exintegrantes de pandillas más violentas de El Salvador.
El Salvador pasó por una dura guerra civil. Pero qué es peor ¿la guerra o las maras?
Ambos ocasionan una cantidad de muertos muy grande. Hay un cierto descontrol en relación a la actuación de las maras. En El Salvador, no conversé con nadie que quisiera salir del crimen, realmente. Cuando fui a Medellín vi más persona que tenían la vol
untad de salir de ese mundo.

Entre las historias que conoció ¿hay alguna que lo haya impactado particularmente?
Conocí a “Little One” (foto), ex integrante de la Mara 18. Es una persona dulce y alegre. Fue una de las protagonistas del documental La vida loca, de Christian Poveda (quien murió asesinado después de concluir el reportaje en circunstancias aún no esclarecidas). Ella tiene un tatuaje en el rostro que impresiona mucho. Quiere removerlo, está arrepentida. Pero al mismo tiempo, sabe que si se lo quita, corre riesgo de muerte tendrá que salir de El Salvador bajo las amenazas de represalias del grupo. Ella dice que su sueño es vivir en Brasil.
(Fotos: Twitter @jjafroreggae / Foto "José Junior e Little One": Alexandre Ramos)








Comentarios
yo vi el documental es muy
yo vi el documental es muy bueno, muestra el por que de las cosas que pasan en el salvador, y pues es la misma vida y circunstacias los que los llevan ala calle, pero ps es de humanos equivocarnos y querer cambiar :D, ojala para esta chicaa pueda ser posible salir del salvador kon sus hijoss y empezar una nueva vida, ps todos merecemos una segunda oportunidad.
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