Jonathan no tiene tatuajes

Jonathan no tiene tatuajes.JPGLas cámaras y los micrófonos llegan cuando aún no se ha hecho el levantamiento de los cadáveres. Los periodistas atacan la escena del crimen con flashes y preguntas sobre el hecho, que termina estampado en la portada del periódico con el que el país acompaña el café a la mañana siguiente. Consecuencia: la “gente de bien” pide justicia y más mano dura contra las “hordas del mal”.

En ese círculo vicioso entre crónica roja, miedo, más represión y más violencia entra como un palo en la rueda el libro ‘Jonathan no tiene tatuajes’, una publicación de la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil,CCPVJ, escrito  a varias manos con la participación de cinco periodistas de Centroamérica y la edición especial del periodista chileno Cristian Alarcón.

El libro es un ejercicio de periodismo de profundidad en la era del periodismo de 140 caracteres. Es un documento sobre la violencia juvenil en Centroamérica; un ejemplo de cooperación entre organizaciones de la sociedad civil y medios,  pero es sobre todo, un trabajo de humanización del otro, en este caso, los jóvenes hondureños, salvadoreños, guatemaltecos y nicaragüenses, víctimas y victimarios de una de las violencias que azotan estas sociedades.

Por oposición a la crónica roja, las cinco crónicas que componen este trabajo no se quedan en el miedo al tatuaje del pandillero sino que penetran muchas capas bajo la piel de los protagonistas de estas historias dolorosas, dándole caras, nombres e historias de vida al monstruo de siete cabezas que aterroriza a la sociedad.

“No se trata de mostrarlos como víctimas. Muchos pandilleros se han convertido en agentes que provocan niveles de maldad que uno no se imagina. Pero sí se trata de profundizar en las circunstancias y de entender el origen del problema. La sociedad salvadoreña, por ejemplo, no conoce al detalle la gravedad de la situación y no es consciente del problema que tiene”, explica Roberto Valencia, periodista del País Vasco radicado hace 10 años en El Salvador y autor de la crónica “Jonathan no tiene tatuajes”, que le da título al libro.

Las violencias detrás de la violencia

En su crónica, Roberto cuenta la historia de Neck, un integrante de la pandilla Barrio 18 de El Salvador, condenado por un juez a 36 años de prisión y sentenciado por sus tatuajes a una vida de marginalidad. En sus visitas a Neck en la cárcel Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Guatemala, Roberto descubre las violencias detrás de la violencia de este temible pandillero marcado con un XVIII en la frente: hijo de un padre alcohólico y huérfano de madre muy niño, Neck fue lanzado a las calles a los 12 años y allí se hizo miembro de la pandilla a los 14 años, desde entonces, su familia.

En las páginas del libro junto a Neck –y sólo allí, pues muchos de los protagonistas de estas historias ya murieron- quedan también las otras cuatro crónicas: la de Óscar Martínez, sobre la odisea de violencia de frontera a la que sobreviven tres hermanos; la de Carlos Salinas en el Reparto Schick, uno de los barrios más marginados de Managua; la de Daniel Valencia, acerca de la explosión de una granada que mató a ex pandilleros
del Barrio 18 y la Mara Salvatrucha en una cárcel hondureña  y la de José Luis Sanz, quien visita una y otra vez la Sierra Alta en San Salvador para romper el silencio tras una masacre atribuida a la Mara Salvatrucha.

Para Jeannette Aguilar, Directora del Instituto Universitario de Opinión Pública y una de las realizadoras de este proyecto, concebido por la antropóloga Roxana Martel, el libro surge de la necesidad de aproximar a la sociedad civil de la subjetividad de diversos actores vinculados a las violencias.

“Queríamos ir más allá de la expresión de la violencia pandilleril, mostrar los dilemas que las comunidades, ciudadanos y jóvenes enfrentan día a día en estos contextos de extrema vulnerabilidad y falta de oportunidades, violencia intrafamiliar y presencia de crimen organizado. El libro busca utilizar la crónica para desnudar otras violencias que no se cuentan en los medios, con el objetivo de comprender de manera más integral y dinámica los factores que intervienen en la problemática”, explica Jeannette.

Las organizaciones que hacen parte de CCPVJ percibieron que, dado su poder de formación de opinión pública, los medios vienen alimentando a través de su cubrimiento superficial el concepto perverso de que juventud es sinónimo de pandilla y que el pandillero no tiene opción de resocialización.

Para el director de la CCPVJ, Adilio Carillo, era importante “mostrar que hay otras violencias,  perpetradas por otros grupos y también violencia a nivel estatal, en formas diversas como la falta de educación, de acceso a la salud y de oportunidades laborales, así como por las condiciones infrahumanas en que vive la gente”. 

Puente hacia la fuente

¿Pero cómo aproximar dos sectores desconfiados el uno del otro? ¿Cómo podría llegar un periodista al corazón de una pandilla y contar lo que ocurre por dentro? ¿O cómo lograr que los miembros de una comunidad que conviven con la violencia de las maras abrieran sus puertas a una prensa que estigmatiza su barrio y que sólo aparece para tomar la foto sensacionalista?

Después de lo ocurrido con Christian Poveda en 2009 (el periodista franco-español autor del documental “La vida loca” sobre la Mara 18 y quien supuestamente fue asesinado por miembros de la pandilla por revelar información confidencial) el margen de acción de los medios en sectores marginales como el de las pandillas centroamericanas, ha permanecido reducido a su mínima expresión.

Jeannette y Adilio explican que el primer paso fue realizar un taller con periodistas de grandes medios, para proponerles la idea y definir los temas y la metodología de trabajo. Desde un principio, se vinculó como editor el periodista Cristian Alarcón, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y una vez acordados los detalles, los cinco periodistas comenzaron su trabajo de reportería.

De la mano de las organizaciones de la CCPVJ, que trabajan codo a codo con los jóvenes en la calle, que visitan a los presos en las cárceles, que asisten las familias de los pandilleros, fue como los periodistas entraron a prisiones y barrios inexpugnables. Y fue así también que los fotógrafos (Donna de Cesare, Toni Arnau, Orlando Valenzuela y Loanny Picado) pudieron apuntar sus lentes a la cara de los pandillero, sus familias o sus barrios.

De acuerdo con Adilio, se hizo necesario que miembros de la CCPVJ estuvieran presentes en las reuniones con los periodistas y las fuentes, como garantes de confianza mutua. También se hizo el compromiso de respetar al pie de la letra las restricciones de nombres, fechas, datos exactos que los pandilleros pidieran para no ser revelados.

“El manejo de identidades, fuentes, imágenes es muy delicado y lo manejamos con la mayor responsabilidad. Los periodistas asumieron ese compromiso y durante la segunda fase del trabajo, en la edición de los textos, estuvimos muy atentos a no cometer errores en ese sentido”, aclara Adilio.

El nivel de profundidad que se logró con estos trabajos es muy superior al de cualquier cubrimiento periodístico diario. Roberto, por ejemplo, hizo tres viajes a Guatemala para visitar la prisión en que estaba recluido Neck, visitó a su familia, conversó con profesores de su hijo y con personas del barrio. “No digo que contando crónicas se va a solucionar un problema de esta magnitud, pero es una manera diferente de abordar el tema y de mostrar su complejidad”, expresa Roberto quien además explica que a partir de esta experiencia, la revista electrónica El Faro acaba de crear un espacio dedicado a periodismo investigativo sobre violencia juvenil en Centroamérica, llamado Sala Negra.

Consecuencia: reflexión

El libro es apenas un primer ejercicio. Se espera poder realizar otros talleres, con medios de radio y televisión, para avanzar en esta propuesta de un periodismo que aborde el tema en toda su complejidad.

Desde el punto de vista de Roberto, la experiencia puede que no transforme la realidad, pero es una forma de ayudar a desenredar la madeja. “No creo que un artículo tenga la capacidad milagrosa de hacer que la gente cambie su postura frente a las maras, inclusive porque los mismos mareros continúan ocasionando muchos perjuicios a mucha gente. La sociedad salvadoreña está tan radicalizada en torno a los mareros, que cuando se quemó una cárcel con pandilleros y murieron 26 de ellos, en los foros de los medios la gente se lamentaba porque no habían muerto más. Sin embargo, creo que estos esfuerzos ayudan a mostrar las otras dimensiones de la pandilla y en general del problema de la violencia”, puntualiza Roberto.

En opinión de Jeannette, el objetivo se cumplió: se logró abordar el tema desde la subjetividad de los actores, “sin entrar en la trampa de categorizar víctimas, victimarios, honestos y delincuentes”. Para ella, una lógica más aséptica para aproximarse a esta realidad, le haría mucho bien a los medios. Y de esta forma también, los medios le harían mucho bien a la sociedad.

O como lo dice en el libro el editor Cristian Alarcón: “Para alcanzar el corazón de las historias en las que la muerte danza escondida es necesario valerse de las armas del
periodismo, que no llevan pólvora, que no matan, que dan vida: valor para observar y preguntar, acompañar y disentir, desprovistos de prejuicios. Compromiso con la palabra y el lenguaje para no sucumbir ante la tentación del relato lacrimógeno sin dejar de comprender que el melodrama explica la violencia mejor que las estadísticas. Pasión por el otro, por su universo de sentido, por su mirada sobre el mundo que es tan importante como la del cronista. Compasión por el otro, en el sentido de ponerse en su lugar e intentar comprender la dimensión del dolor que siente el otro, y del dolor que produce el otro. Persistencia en el intento de traspasar los velos que cubren una historia de violencia. Persistencia al indagar y al indagarse. Persistencia al escribir y volver a escribir. Buen humor”.

Aunque los medios de comunicación y los periódicos en particular estén cada vez más lejos de permitir la producción de textos que vuelvan sobre la realidad para entenderla e intentar cambiarla, como lo dice Alarcón, es importante no renunciar a este esfuerzo y para ello, como en el caso de este libro “la alianza entre organizaciones que trabajan metidas en el barro de los problemas que vive la gente y la crónica resulta de una potencialidad política extraordinaria”.

Foto: Toni Arnau

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Jonathan no tiene tatuajes (Versión electrónica)

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