Crece el movimiento antiprohibicionista

ENTREVISTA / Maurício Fiore

mauricio_fiore_edit.jpgTras décadas de poco o nulo cuestionamiento a la actual política de drogas, cuyo eje es el prohibicionismo y la represión de las sustancias psicoactivas ilegales, comienza a estructurarse en Brasil un movimiento antiprohibicionista alimentado por la investigación científica proveniente de la academia y por el activismo en favor de los derechos humanos originado en las organizaciones de la sociedad civil.

Para hablar del tema, Comunidad Segura entrevistó a Mauricio Fiore, quien ha dedicado su carrera a la investigación sobre consumo de drogas y sobre el debate público de las sustancias psicoactivas.

Fiore es científico social y antropólogo y hace parte del Núcleo de Estudios Interdisciplinarios sobre Psicoactivos (Neip), que acaba de publicar el libro “Drogas y cultura: nuevas perspectivas”, en el que Fiore es autor del ensayo “Placer y riesgo: una discusión al respecto de los saberes médicos sobre el uso de ‘drogas’”.

En esta entrevista, Fiore habla sobre los efectos del estancamiento en el debate, la monopolización del tema por parte del área médica y explica cómo esta situación empieza a cambiar gracias a la generación de conocimiento tanto en el ámbito de las ciencias naturales como en el de las ciencias sociales.

¿Existe en el mundo y en Brasil un movimiento antiprohibicionista ya consolidado?

No sé si se puede decir que ya está consolidado, pero sí creo que existe y está tomando forma en nuestro país. En países desarrollados ya está más sólido e incluso tiene un apoyo financiero mayor de fundaciones y de grandes nombres como el de George Soros, entre otros.

En la última conferencia mundial de la ONU sobre el tema, cuyo objetivo era rediscutir la actual política de drogas hubo un debate muy fuerte...

Yo no estuve presente pero por lo que sé, las personas se articularon para protestar contra el prohibicionismo. Sin embargo, el movimiento no tuvo el impacto deseado; todavía no tiene la fuerza política suficiente para impactar las convenciones de la ONU y aún depende mucho de los propios Estados. Creo que el movimiento crece, aunque todavía falta que se consolide, pero soy optimista.

¿Y en Brasil?

Está en crecimiento pero aún es incipiente. Está avanzando en dos frentes, la academia, a la que pertenezco y en la que van surgiendo investigadores que se empiezan a posicionar contra la prohibición –el Neip hace parte de eso-, y en el otro frente avanzan las organizaciones de la sociedad civil, como Psicotropicus, la Marcha de la Marihuana y Viva Rio. Pero la prueba de que el debate todavía es muy incipiente en Brasil es que por ejemplo, la Marcha de la Marihuana que ya es bastante fuerte en Río de Janeiro y otras ciudades del país, en São Paulo ha sido prohibida por tercera vez consecutiva.

Esta es una violación de la libertad de expresión del nivel de la dictadura. Inclusive países que tienen menos libertad, en los que hay problemas de democracia, como Rusia, permiten la marcha de la marihuana. Eso muestra que en Brasil ni siquiera se acepta el debate. Lo que quiero enfatizar es que independientemente de ser prohibicionista o antiprohibicionista, lo que es grave es que no se acepte ni siquiera el debate. Criminalizar el debate es algo muy serio.

En Brasil vemos personas de la talla del ex ministro de Medio Ambiente o el actual Ministro de la Cultura debatiendo abiertamente el tema y sin prejuicios…

El debate político brasilero en este momento es muy débil. Tome como ejemplo los dos principales candidatos a la presidencia y verá que ninguno contribuye al debate; ninguno admite que el tema tiene que ser discutido, sino que piden que debe haber un endurecimiento de las leyes, y sólo lo hacen porque es una bandera electoral que funciona.

Claro está que el exministro Carlos Minc hizo declaraciones importantes durante su gestión y el Ministerio de la Cultura, por ejemplo, nos apoyó en la publicación del libro “Drogas y Cultura, nuevas perspectivas”. Sin embargo, a causa de sus declaraciones, Minc ha sido ampliamente criticado por la clase política.

El mismo expresidente Fernando Henrique Cardoso -quien me parece que asumió su posición antiprohibicionista de manera un poco tardía, pero bueno, que la asumió- ha tenido que enfrentar toda una andanada de la oposición a su partido y de mucha gente en general. Es decir, hasta que se acabe la campaña presidencial a las elecciones de agosto no vamos a oír propuestas, no vamos a ver apertura del debate: solo más represión.

¿Cuáles son los principales obstáculos para romper ese conocimiento viciado de la sociedad, para acabar con esa ceguera hacia el debate?

Cada área tiene cosas que entraban. El área de la salud está todavía muy marcada dentro la idea de prohibicionismo y de combate a las drogas. Hay muchas voces importantes que cuestionan el status quo pero todavía son pocas e infelizmente, la mayor parte de los recursos para investigación se destinan a esta área, que en gran medida no se cuestiona, que no construye un tema a partir de la investigación sino que ya empieza cualquier estudio de manera viciada, con el objetivo de “combatir las drogas”. En el área académica pienso que vamos a tener que avanzar mucho, las ciencias sociales pueden aportar mucho.

Podería explicar?

Hoy, hablar de drogas es hablar contra las drogas. No se debate, no se cuestiona qué es lo mejor para enfrentar el problema, la lógica de la guerra es el principal obstáculo y es la que está liderando el debate. El debate en televisión es súper importante también pero en tres minutos hay que enfrentar todo un tema complejo.

Te preguntan por ejemplo cómo enfrentar el problema de las drogas, y tienes que responder una pregunta que ya viene viciada. No hay tiempo para decir que la gran parte de los consumidores no tienen problemas con la mayoría de las drogas, que aun así no sirve de nada intentar exterminarlas, que esa cosa del crackero -esa figura del desestructurado que uno ve en la calle- también es una generalización. Claro que es una droga compleja e implica riesgos pero no todos los que han usado crack quedan convertidos en ese tipo de personaje.

Con el prohibicionismo, con la guerra a las drogas parece como si el mundo fuera un paso adelante y dos atrás. En su reciente informe anual, la ONU mostró que en Colombia bajó producción de coca, sin embargo ésta creció notablemente en Perú, ¿qué hacer con este abordaje? 

El tema de la guerra ha sido estudiado por muchos sociólogos y antropólogos. Se ha encontrado que las sociedades que se acostumbran a la guerra acaban formándose alrededor de ésta y que llega un punto en que la sociedad ya no sabe vivir más sin guerra. Con las drogas es similar; muchos funcionarios de la ONU, de los gobiernos del mundo, necesitan que continúe la guerra contra las drogas. Hay países que todavía son muy dependientes del modelo norteamericano -como Brasil o Colombia- y uno de los puntos que necesita ser atacado para quebrar el prohibicionismo es mostrar que esa política de guerra es un fracaso y la forma de demostrarlo es a través de las mismas cifras que ellos proporcionan: los cultivos migran, así como las consecuencias de la guerra a las drogas, entre ellas la violencia social.

¿Cuál es el ‘arma’ principal de un contraataque al prohibicionismo?

El conocimiento, la información. Las grandes aprehensiones de drogas que vemos, por ejemplo en Sao Paulo resultan en la incautación de una cantidad de droga y en el arresto de un grupo de personas, pero el efecto es inocuo. La policía ha capturado enormes cantidades de marihuana, pero la gente no dejó de fumar marihuana; unos han pasado a cultivarla, otros se han pasado a otras drogas (por ejemplo el alcohol) y otros, en una fase de experimentación migran al crack que es más barato, y también más peligroso.

¿Cuáles son los efectos del prohibicionismo?

Hay dos tipos de consecuencias: intelectuales y sociales. Desde el punto de vista intelectual, vemos un estancamiento, no hay una verdadera investigación para llegar al conocimiento, hay un conocimiento viciado. El discurso imperante es el discurso del área de la salud, el discurso médico. No es que sea totalmente monolítico, hay mucha controversia, pero se presenta como el único autorizado y califica de ideología apologética a todos los demás abordajes, por el hecho de que su preocupación no sea el efecto de las drogas. Eso es lo que más oigo de los prohibicionistas, que nosotros no verificamos la realidad de las cosas. Yo respondo que no, que lo que hacemos es justamente es mostrar la realidad.

¿Acaso las agencias de fomento se preocupan por financiar la investigación de quien está desconstruyendo la cuestión y de alguna forma complejizando el tema? Claro que no; prefieren patrocinar a quién dice ‘yo tengo la solución’. Y eso sí es producción de ideología, en el sentido negativo del término. El mismo trabajo de campo en reducción de daños enfrenta problemas de policía hoy día.

Tenemos casos de una investigadora del Neip procesada judicialmente porque hizo una investigación participante en que distribuía material de reducción de daños en fiestas electrónicas donde hay consumo de MDMA (éxtasis), y una de los aspectos de su pesquisa era subir a Internet la información que había recogido después de cada evento.

También repartía volantes en los que decía cosas como ‘si usted va a tomar éxtasis por primera vez, tome sólo la mitad’. Fue procesada por apología al crimen. Claro que ella no va a ir presa por eso, el proceso no llega hasta allí, pero la orientadora de su investigación fue suspendida de la universidad.

¿Existe prejuicio contra el investigador del tema de drogas?

Sí, el pesquisidor de drogas es ‘un drogado’, ‘un drogadicto’, ‘un promotor de las drogas’. No puedes hacer una tesis sobre el tema sin ser catalogado de drogado o ‘el de las drogas’. Cuando el investigador presenta este tema en la academia es como si esto no fuera ciencia, como si no fuera generación de conocimiento, es como si fuera un excusa para defender la legalización de las drogas o para defender un derecho propio de usar drogas. Incluso algunos buenos profesores que me orientaban me decían: ‘esto aquí que usted está investigando es para justificarse’. Esa es la principal consecuencia intelectual del prohibicionismo, que la investigación se enfrenta a todos estos prejuicios.

Para saber más:

Drogas e cultura: un debate inaplazable

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